


Hace unas semanas tuve la suerte de toparme con un artículo publicado por la Universidad de Islas Baleares referente al concepto de fatiga por compasión. Y, como no, mi cerebro quiso saber más y se puso en marcha..
Fue acuñado en 1995 por Charles Figley, quien observó que los profesionales que trabajaban en salud mental, con el paso del tiempo, podrían experimentar indirectamente los efectos del trauma de los pacientes a los que asistían. Se refería a aquellos comportamientos y emociones experimentados por dichos profesionales como resultado de su exposición a situaciones de alta carga emocional y estrés derivados de su implicación para ayudar a sus pacientes.
También conocida como desgaste por empatía, es un estado de agotamiento físico, mental y emocional, resultante de la exposición al sufrimiento de otras personas. Surge cuando la energía compasiva que se emplea es mayor que su capacidad de recuperación.
No es una patología (como puede ocurrir con el burnout* y otros síndromes), sino una respuesta al estrés en la que intervienen múltiples factores, que se desarrolla rápidamente y que está ligada al vínculo emocional.
CAUSAS Y FACTORES DE RIESGO.
En qué debemos centrarnos para valorar fatiga por compasión.
— Factores individuales.
Alta implicación emocional en el trabajo, con la creencia de poder “salvar el mundo”.
Dificultad para poner límites.
Historia personal de vida en la que hemos pasado por periodos traumáticos.
Necesidad de control.
Falta de autoconocimiento.
— Factores laborales e institucionales.
Largas jornadas de trabajo y sobrecarga.
Burocratización de procesos.
Falta de apoyo y reconocimiento en el trabajo.
Pobre calidad del trabajo en equipo.
Clima laboral inadecuado.
Falta de recursos y materiales.
Dificultad para separar la vida laboral de la personal.
— Factores sociales.
Aislamiento social e inactividad de hobbies o actividades motivadoras.
Falta de apoyo social y familiar.
Sentimiento de culpa.
Desacreditación o falta de validez a sus emociones.
ESTRATEGIAS DE PREVENCIÓN Y TRATAMIENTO.
La educación y la concientización son esenciales para promover la salud y el bienestar de los y las profesionales que se dedican al ámbito social y de la salud (enfermería, psicología, medicina, pedagogía, trabajo social, bomberos, educación, cuidados, protección animal, entre otros).
Para abordarla es fundamental tener una comprensión profunda de sus causas y manifestaciones, así como de qué estrategias de prevención e intervención podemos tener a nuestro alcance a nivel individual, profesional y organizacional..
¿Qué podemos hacer? A continuación se exponen algunos recursos.
— A nivel personal: autocuidado.
Reconocer la necesidad de cuidarse y establecer límites claros entre el trabajo y la vida personal es clave.
Dedicar tiempo a actividades físicas y creativas que nos motiven, así como la relajación o el mindfulness, sobre todo, en momentos de mayor carga laboral.
Garantizar un descanso adecuado y una alimentación que nos aporten los nutrientes necesarios.
Expresar emociones y buscar apoyo en nuestro círculo cercano, dando valor a nuestro propio sufrimiento y en base a nuestro conocimiento, poniendo en marcha las estrategias precisas con las que contemos.
— A nivel profesional.
Terapia individual o grupal, conforme a cada caso concreto.
Diferentes enfoques, complementarios si es preciso: terapia centrada en la compasión, terapia cognitivo-conductual, técnicas de relajación, programas concretos de manejo del estrés…
— A nivel laboral:
Fomentar el trabajo en equipo y un buen clima laboral. Coordinaciones de equipo para abordar casos de manera conjunta.
Crear espacios para la expresión y validación emocional.
Ofrecer capacitación en autocuidado y manejo del estrés, con recursos para poder implementarlo.
Limitar el número de usuarios atendidos por cada profesional y prestar atención a los tiempos entre las sesiones.
Reconocer logros, dedicación, orgullo de pertenencia.
Si nos centramos en los diferentes SÍNTOMAS que pueden aparecer, también tendríamos que realizar una clasificación en síntomas físicos (fatiga que no mejora con el descanso; debilitamiento del sistema inmunológico; problemas de sueño, pesadillas; taquicardias; dolores musculares…), emocionales (irritabilidad; ansiedad; agotamiento emocional; impotencia; apatía; desconexión emocional; dificultad para concentrarse; disociación…); y sociales (evitación y aislamiento; cinismo, sarcasmo; disminución del tiempo destinado a pasar con los demás…).
Para evaluar la fatiga por compasión, existen diferentes instrumentos, pero no me voy a detener en ellos en esta entrada.
Para su elaboración he tenido la oportunidad de consultar numerosa bibliografía, como son los artículos:
Afrontar el desgaste: cuidado y mecanismos paliativos de la fatiga por compasión, de José Francisco Campos-Vidal, Josefa Cardona-Cardona y María Elena Cuartero-Castañer (Universidad de Islas Baleares).
Desgaste por empatía y síntomas de estrés postraumático en profesionales que trabajan en género y violencia de género, de Miriam Lucas Arranz y Diletta Rossi Freducci (Ministerio de Igualdad).
Y otras publicaciones y ponencias pertenecientes a autores como Adriana Morales Barud, y Ricardo Ramírez Ramírez, entre otros.
* Se define Burnout (Síndrome de estar quemado) como un estado de agotamiento mental, emocional y físico resultante de exigencias excesivas, que se produce en el entorno laboral y es una respuesta al ambiente de trabajo. No está necesariamente ligado a un vínculo emocional y se desarrolla gradualmente.
📸 Milada Vigerova (bajo licencia unsplash)
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